
Por Miguel Silva
CULTURA CASEREÑA
Mariano Pérez, conocido cariñosamente por todos como “Mañé”, dejó una huella imborrable en la memoria afectiva de Monte Caseros. Sin títulos ni riquezas, supo convertirse en una verdadera institución popular, gracias a la nobleza de su espíritu, su humildad y su inmensa capacidad de brindar cariño.
Ligado profundamente a la cultura ferroviaria, “Mañé” creció acompañando a su padre, guarda del Ferrocarril General Urquiza, llevando con orgullo sus pertenencias camino al trabajo. Aquellas escenas sencillas retrataban el amor filial más puro y marcaron el inicio de una vida atravesada por la lealtad y el servicio.
Cada rincón de Monte Caseros conoció su andar tranquilo y amable. Pero si había un lugar donde su presencia adquiría dimensión simbólica, ese era el Club Samuel W. Robinson. Allí, bajo los colores rojo y amarillo, encontró su segundo hogar. Más que un socio, fue parte del alma cotidiana de la institución, querido y respetado por generaciones enteras.
Aunque la vida y la neurología le trazaron un camino distinto al académico, “Mañé” poseía una inteligencia nacida del corazón. Su analfabetismo jamás opacó su sensibilidad ni su capacidad de comprender a las personas. Fue un hombre sincero, respetuoso, incapaz de albergar violencia o rencor.
Con apenas 48 años, partió dejando una enseñanza silenciosa pero profunda: la bondad también puede transformar una comunidad. Su figura trascendió la del personaje popular para convertirse en símbolo de ternura, humildad y afecto genuino.
Hoy, frente a lo que fue su hogar sobre calle España, Monte Caseros vuelve a recordarlo con emoción. Porque “Mañé” sigue vivo en la memoria colectiva, en los recuerdos del club de sus amores, en la esencia ferroviaria de la ciudad y en cada gesto sencillo que todavía habla de humanidad.
En honor a Mariano “Mañé” Pérez (1955–2004)
📸 Fotografía: Patio de su casa paterna – Calle España.
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