La nueva historia de Marcelo Birmajer: La hora secreta

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El profesor Plones finalmente había logrado concretar su demorado viaje a España. Durante años el avión le había resultado un entretenimiento, un prodigio y una aventura. Pero ahora lo fastidiaba: se impacientaba cuando no llegaba la comida, y luego por lo que tardaban en retirarle la bandeja. Le dolían las piernas de estar sentado, y al menor movimiento de la nave temía una catástrofe.

Cuando descendió en Barajas, se dijo que sería su último traslado aéreo. Había dedicado su vida adulta al estudio del tiempo. Lo llamaban relojero y era cierto que había acumulado, arreglado e incluso confeccionado, una cantidad y variedad de relojes incalculable (aunque Plones los tenía precisamente registrados). Pero su verdadero objeto de estudio era el tiempo.

Relojes de agua, de arena, de sal, de imanes; o sencillos ejercicios mentales que permitían deducir la hora sin ayuda de artefacto alguno. Nada de la relación entre el el hombre y el tiempo le era ajeno. Compraba y vendía relojes de épocas remotas; y se enteraba de la aparición de los más modernos avances en el rubro, como así también de la caída o ascenso de viejas o nuevas marcas.

Las grandes y pequeñas firmas lo conocían y consultaban, aunque su nombre no alcanzaba la opinión pública. Sí entre sus clientes de la calle Thames, donde sabían que era algo más que un relojero, pero acudían por su servicio siempre eficaz y dedicado.

El dato que lo llevaba a Zaragoza era la paradójica aparición de una mujer que mencionaba la hora secreta. Por lo menos cien años antes de la llegada de los españoles, pero probablemente mucho más, una tribu maya había “descubierto” la hora que no figuraba en los relojes, no catalogada dentro de los ciclos conocidos: un segmento del tiempo que podía ser habitado por fuera del resto de la humanidad.

En un período especialmente salvaje de guerras interinas, esta tribu utilizaba la hora secreta para realizar sus actividades imprescindibles o sagradas sin temor a ser interceptados o sorprendidos por el enemigo. No cabía duda, por las pruebas indiscutibles que había cotejado Plones, que la hora secreta funcionaba como protección; pero la rodeaban una serie de ponderaciones que bordeaban lo mítico: durante la hora secreta, el hombre no envejecía; el sol no molestaba; el frio no laceraba. Aparentemente creían que la hora secreta era un rezago de tiempo del Paraíso; en el caso de los mayas, de un pasado en el que los dioses y los hombres convivían.

Pero Plones sólo seguía la pista de una hora fuera del tiempo: las derivaciones religiosas de la misma, si bien le interesaban como contexto y por su curiosidad por las ilusiones humanas, lo traían muy sin cuidado en relación con la búsqueda de la verdad. La hora secreta había sobrevivido a las guerras intestinas y a la conquista española.

Con la completa derrota de los pueblos mexicanos bajo el yugo español, la hora secreta -originalmente un refugio defensivo bélico- había llegado también al conocimiento de tribus aztecas y, ya sin la esperanza de una resistencia militar, los pocos al tanto la ocupaban en acciones prohibidas o perseguidas por el invasor: hablar un idioma, rezar a tal o cual dios, relacionarse intensamente hombre y mujer.

La historia de la última testigo de la hora secreta tenía su propia miga. Una estructura de madera, que se presentaba como un reloj de eclipse -sólo marcaba la hora durante esos fenómenos astronómicos-, había llegado por encomienda a la relojería de Plones (en rigor, el aviso para retirarla del correo más cercano). El intercambio postal con la dueña, ella desde Zaragoza, España, había derivado en la mención, casi por descuido, de la hora secreta, de la que Plones había leído en códices archivados en una biblioteca guatemalteca, en medio de la selva, rodeado por guerrilleros y militares, y picado por un mosquito que casi lo mata.

El reloj de eclipse había sido correspondientemente certificado y restaurado; el único pago que Plones requirió fue la visita personal. La mujer aceptó. Plones viajó con el reloj de madera en su valija de mano, temía volver a despacharlo en la bodega como había llegado a Buenos Aires. El propio Plones no usaba reloj. No sólo porque practicaba el conocimiento espontáneo de la hora, el llamado reloj mental: llevar el tiempo marcado en alguna parte del cuerpo, la muñeca, o siquiera en el bolsillo, lo apesadumbraba.

De Madrid a Zaragoza viajó en tren. Ese sí era un medio de transporte hospitalario: estiró las piernas, tomó café en el vagón comedor. Especuló que pronto todas las formas de transporte serían óptimas como el Renfe o el Ave.

La mujer no lo vino a buscar a la estación. Ella era la descendiente, quinientos años después, de una de las malinches mayas. La travesía desde su continente devastado a la Europa de los conquistadores, lo había hecho aquella hechicera de motu propio, en una de las naves reales. Una chica conduciendo un Uber llevó a Plones de la estación a la casa de Maya, como se llamaba la dueña del reloj.

Lo avergonzó una pizca que la conductora le bajara el equipaje. Ya era un hombre mayor.

Maya era de rostro cobrizo, labios gruesos, nariz recta en noventa grados, bella como la tierra fértil, como un reloj de piel y perfume. Transhumaba los frutos y las piedras de un país delicado y recio a la vez, sin fronteras pero íntimo. Ella tomó el reloj como si no le importara, pero volvió a colocarlo en la vitrina invulnerable. Plones supo, en el instante previo, qué le diría, y ella lo dijo:

-Esta es tu última hora secreta. Yo soy la última. Nunca más. Pero al menos esta vez. Es tu pago.

WD

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