La nueva historia de Marcelo Birmajer: El abad y el rabino

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Una de las recompensas que le agradezco a mi oficio es haber viajado varias veces a Colombia. Cuando desde lo alto del avión, por la ventanilla, distingo ese verde interminable y único, propio de una América aún desconocida, el corazón se me alegra. Allí he labrado lejanas pero entrañables amistades; ente otros, el histórico director de la revista Soho, Daniel Samper Ospina.

Colombia se ramifica en su gente: en noviembre de 2019 coincidí en Berlín con el relevante y talentoso caricaturista bogotano Vladdo (otro amigo) – invitados a cubrir los 30 años de la caída del Muro- a quien dos jóvenes colombianas reconocieron en el metro de esa ciudad. Presenciar ese encuentro inverosímil se parecía al tono de verde que me recibe desde el aire.

Con Héctor Abad Faciolince, nacido en Medellín y uno de los más importantes narradores contemporáneos, las circunstancias profesionales nos han ido cruzando en una serie de crucigramas vivientes, casi siempre en su patria, pero también en España. Sin orden cronológico, recuerdo un viaje en auto de Alicante a Madrid, yo en el asiento de atrás, adormecido, Abad en el asiento de adelante y un conductor catalán, otro amigo, Francis, en la mitad incalculable de la noche: comenzamos a hablar de nuestros padres, sin consigna, en voz queda y comentarios aleatorios. Nunca olvidé ese trance: no recuerdo que hayamos llegado a ninguna conclusión, pero tampoco haber reflexionado con tanta intensidad sobre el asunto antes o después. (Incidentalmente, en una de sus novelas, El olvido que seremos, paradójicamente memorable, publicada siete años antes de aquel viaje, sobre su padre, Abad recupera en el título ese verso perdido de Borges, que ahora atañe cruelmente a los baches de mi memoria).

Salto atrás a 2008: un enfrentamiento futbolístico en la playa de Cartagena, ineludible referencia al 5 a 0 Colombia-Argentina, escritores de las dos naciones en revancha, Abad atajaba y yo convertí un gol olímpico junto al mar, injustamente adjudicado, hasta el día de hoy, al viento y la flojedad de la pelota de plástico. El encuentro más reciente (mi olvido portátil no cesa) tiene que haber sido en 2017, en Medellín, cuando compartí un panel con el director de cine Víctor Gaviria, autor de una película feroz: La mujer del animal.

Sospecho que esta historia comienza en 2002: Abad me hizo el honor de presentar uno de mis volúmenes de cuentos, en la Feria del Libro de Medellín. A mi turno, dije que aquel podía semejar un acto ecuménico en el que un Abad presentaba a un rabino; pero que la materia del libro no era tema para rabinos, ni mucho menos para abades, y que ni Abad era abad ni yo era rabino. En la cena en un restaurant paisa, Abad me contó que su abuela prendía incomprensiblemente velas los viernes a la noche. Le sugerí que tal vez descendiera de judíos que huían de la Inquisición y practicaban a escondidas sus rituales: aparentemente el propio Colón y algunos de sus tripulantes se habían hecho a la mar con ese afán.

Colombia era un sitio de prodigios y misterios. Ese verde no era normal. Además, en Cartagena, que yo ya había visitado en 1998, algunas jóvenes morenas usaban el Maguen David como adorno de gargantilla en el cuello. Pocos días después de la presentación visité su casa: Abad me mostró un libro con letras en hebreo, propiedad de algún miembro de su familia de la generación de su abuela o anterior, o de la propia abuela, pero cuyo origen y sentido se le escapaba, igual que a mí. No sé por qué me comprometí a averiguarle de qué se trataba. Marché con el libro en la mochila y aún lo tenía en el fondo cuando, en el marco de una actividad de la Secretaría de Cultura Ciudadana de la Alcaldía de Medellín, una combi oficial me llevó a un barrio carenciado instalado en la ladera de una montaña. Conté algunos de mis cuentos para pre adolescentes de una escuela primaria y, a punto de retirarme, luego del tinto (como le llaman al café de filtro) y una canción de Vives de despedida, una señora prácticamente me arrebató del umbral del colegio:

– Por favor, rabino, lo necesitamos.

– Yo no soy rabino- expliqué.

Evidentemente, la señora había participado de la presentación del libro sin capturar la esencia de mi chiste. Se le sumaron un anciano y un niño, y me llevaron en volandas hacia una casilla cercana, seguidos rezagados por el conductor de la combi y el funcionario de cultura, los únicos dos habilitados para entrarme y sacarme de allí. En la casilla, despojada de todo, se estaba a punto de concretar un brit milá: la ceremonia de circuncisión de un bebé judío de ocho días de vida. ¿Cómo y por qué en un barrio perdido de la mano de Dios en la loma de un monte medallo, que desafiaba la ley de gravedad junto a otras tantas leyes humanas, se llevaría a cabo ese pacto fundacional? Todavía no me lo puedo explicar. El ambiente era el que tan bien refleja Gaviria en la película que estrenaría quince años después: una mezcla de nuestras Villas Miseria con algo del escenario de Scola en Feos, Sucios y Malos. El bebé octagediario, bellísimo, miraba el techo con una calma inconclusa. La madre se lo pasó a un hermano para que lo sostuviera.

Si bien el cirujano- y yo no tenía ninguna garantía de que lo fuera- esgrimía el bisturí del caso, no estaba capacitado para acompañar con el rezo respectivo la operación; y la persona que se había comprometido, no cumplió. Me rogaron que dijera las palabras. Sin coraje para negarme, retiré del fondo de la mochila el libro de caracteres en hebreo y, desconociendo el contenido de las páginas que abrí frente a mis ojos, repetí el rezo que recordaba de mi Bar Mitzvá: Baruj atá Adonai, eloeinu melej aloam.

Hasta donde puedo recordar, en cuanto escuché el llanto del bebé me llamé a silencio. El improvisado mohel puso un dedo embebido en vino en la boca del circunciso, alguien aplaudió, se intercambiaron saludos en el lunfardo barrial; y en ese alivio hice mutis por el foro. Solo una noche más tarde, en el hotel Dann Carlton de Medellín, arrumando malamente la ropa en la valija para volar a Buenos Aires, casi al filo de la madrugada descubrí que había olvidado el libro en hebreo en la casilla del poblado. Salí disparado al pasillo de paredes alfombradas, bajé los siete pisos en el claustrofóbico ascensor y tomé uno de los taxis que montaban guardia en la rampa de ingreso. Surcamos unas rutas oscuras como el exilio milenario y llegamos a la ladera del monte; el taxista musitó con firmeza: “Yo aquí no subo”. Nos regresamos al hotel, sin libro ni tiempo, como Ulises sin Itaca ni Penélope o Moisés en la frontera infranqueable de la Tierra Prometida. Nunca volvimos a hablar con Abad de aquel ejemplar: quizás cuando nos veamos, podemos probar de subir a buscarlo.

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