Federico Monjeau, una deslumbrante capacidad crítica, teórica y estética

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Tengo que agradecerte personalmente el análisis del Bach de Webern: me gustaba, sin saber por qué. La idea de que Webern desarrolla algo que todavía no estaba presente en el original es extraordinaria y se puede pedir en préstamo para leer otras artes”. Esto le escribía a Federico Monjeau, hace un par de años. Después nos encontramos en la plaza frente al Congreso, para seguir conversando.

Si tuviera que mencionar un intelectual cuya obra ha influido en mi perspectiva sobre el arte del siglo XX, no vacilaría en mencionar a Federico Monjeau, porque me dio los instrumentos para incorporar la música a la literatura. Mi relación con Monjeau comienza a mediados de la década de 1980 (cuando él era todavía muy joven) y, desde aquel momento, me atrajo su capacidad crítica, teórica y estética. El primer encuentro fue después de una conferencia suya en el Club de Cultura Socialista. Nos seguimos viendo, fuimos amigos, colaboró y formó parte del consejo editor de la revista Punto de Vista.

Mantuvimos un dialogo donde la autocomplacencia estaba proscripta. Éramos duros en las disidencias e inflexibles en la defensa de las convicciones. Podíamos terminar a los gritos. Monjeau subido a una silla, agitando su brazo para señalar un error y yo tratando de discutir y aprender al mismo tiempo.

La influencia de Monjeau sobre la apreciación de la música contemporánea en Argentina es un dato. Junto con Gerardo Gandini, Monjeau renovó la escena donde se escucha, se enseña y se aprende música contemporánea. Muchas de las críticas publicadas por Monjeau son un punto de referencia para los músicos y el público especializado. Sus amigos esperábamos su juicio antes de pronunciarnos, aunque la sensibilidad abierta de Monjeau nunca fuera una amenaza para los errores o la ignorancia, porque estaba dispuesto a escuchar todo.

En una época lejana, lo encontraba en mi casa, sentado al lado de Rafael Filippelli, escuchando tangos y discurriendo sobre Raúl Berón y Francisco Fiorentino. Era lo contrario de un dogmático y al mismo tiempo, defendía sus convicciones con un temible arsenal de argumentos. Profesor de estética musical en la Facultad de Filosofía y Letras, sus cursos tuvieron un bien ganado prestigio, que atrajo gente de cine y de literatura.

Fue central y decisivo en mi biografía. Monjeau reordenó todos los discos que estaban en mis estantes. Les dio un significado, los sometió a un juicio, los explicó. Schoenberg ya no estaba allí solo como monumento del comienzo del siglo XX, sino como el músico cuya obra yo podía entender, porque lo había escuchado a Monjeau. Lo mismo, Morton Feldman. Gracias a lo que Monjeau transmitía, sin proponerse enseñar ni mostrar la menor sombra de pedantería, escuché entero, en vivo, el cuarteto de cuerdas, de legendaria duración. Y también Beethoven, sobre cuyos cuartetos habló en el Club de Cultura Socialista. Después de esa exposición, pude darme cuenta de lo que me resultaba indispensable entender para escuchar los cuartetos y no simplemente sentirlos. O sea que me dio Beethoven.

Cuando, a la salida de un concierto, lo veía a Monjeau, no iba a saludarlo, sino a interrogarlo. Era mi punto de referencia. No sabré cómo escuchar sin él, aunque hoy Federico me diría, probando su reconocida modestia: “Beatriz, ¿para qué hablamos tanto entonces? Ya no me necesitás”. Y, por supuesto, se equivocaría, porque hoy percibo que lo necesitaré más que nunca y que ya nunca estará cerca.

En 2004, Monjeau publicó La invención musical, un libro singularmente importante, no solamente en la Argentina. Interroga las ideas de progreso, forma y metáfora en la música del siglo XX. Los análisis de obras de Schoenberg, Boulez, Stockhausen que presenta para desarrollar su argumento son un ejemplo de capacidad crítica y alta exposición ensayística. Su argumentación aborda, al mismo tiempo, una cuestión estética y su proyección histórica, sentando un patrón de lectura formal y de escucha musical. Así nos guió Monjeau por una música que, sin él, habría sido más difícil o quizás inabordable.

Fue, por otra parte, un notable ensayista. Sus textos huían tanto de la planificada rigidez académica como del desorden. Su escritura llevó el ensayo publicado en la prensa y los textos más largos, que aparecieron en su revista Lulu, a una discreta fulguración. Ni énfasis personalista ni tentación académica. Tuvo el talento de volver amigable lo difícil, sin la trivialidad del divulgador. Respetaba a sus lectores. La forma de sus ensayos convoca a la literatura, porque Monjeau no era solo un gran escucha sino un lector refinado y, al mismo tiempo, respetuoso y fanático, una contradicción que solo su gran inteligencia podía resolver.

Lo admiré y lo quise. Es irreemplazable, porque nadie me permitirá escuchar música como lo hizo Monjeau, con su paciencia y su saber ejercido sin excesos. Hasta para enseñar, fue un hombre elegante. Los amigos vamos a extrañar las largas sobremesas, con Ada Solari y sus dos hijos, Eugenio y Jaime, que fueron creciendo entre las discusiones a los gritos y el bochinche de esa sociedad reducida e intensa. Creo que se divertían. No éramos los viejos sino los apasionados.

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