«El fixer», de Mario Diament, o la argentinidad al palo

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El autor Mario Diament reúne en forma casual a dos argentinos en un bar de Miami.

El autor Mario Diament reúne en forma casual a dos argentinos en un bar de Miami.

El autor Mario Diament reúne en forma casual a dos argentinos, interpretados por Edgardo Moreira y Enrique Dumont, en un bar de Miami, en un ejercicio sobre las sinuosidades del alma nacional con intensos momentos escénicos, que puede verse en El Tinglado, Mario Bravo 948, barrio de Almagro, los sábados a las 20.30.

La experiencia es una más de las que aspiran a representar teatro en forma presencial en Buenos Aires cuando las vacunas abren una esperanza ante la pandemia, que aún persiste -de hecho la obra fue escrita y ensayada en plena circulación de la Covid-19- y somete al espectador a ciertos protocolos sanitarios y algunas rarezas, entre ellas la de una sala semivacía.

El tal «fixer» (Moreira) se autodefine como un «arreglatodo» en cuestiones políticas, aquél capaz de solucionar lo que los demás no pueden, apoyado en un pasado de agente de Inteligencia menos dedicado al espionaje en sí mismo que a la preparación de «carpetas» que los poderes de turno utilizarán para hundir a enemigos políticos.

Solo que ese papel burocrático no conforma al «fixer», que necesita de un exhibicionismo extremo que le permite crear su propia leyenda frente a su interlocutor y al público, con altibajos psicológicos que hacen dudar sobre la veracidad de sus expresiones, dichas con una seguridad imperturbable.

Por momentos simpático e ingenioso y por momentos agresivo y enfermizo, el hombre dice haberse codeado con lo más granado de la política nacional, da nombres reales de figuras reales con una familiaridad pasmosa y devela situaciones complicadas que adereza con detalles escabrosos y llamativos.

¿Cuánto de lo que dice es cierto, incluso acerca de su identidad? Si la esencia de su antiguo trabajo era el secreto, ¿qué lo lleva a pavonearse ante un desconocido como lo hace, aunque ese desconocido tenga la única virtud de ser un compatriota?

Cuando se presenta da un nombre ficticio extraído de un cuento de Borges y de inmediato asegura que «no existe», que no habita registro oficial alguno, que está allí como un fantasma dispuesto a ofrecer sus servicios sobre la base de sus saberes, siempre en la oscuridad.

Dumont interpreta a un periodista que está de paso con su mujer por esa ciudad tan particular de los Estados Unidos -donde a decir del «fixer» toda la ultraderecha continental puede habitar en bermudas las pizzerías más concurridas-, y pasa de ser en principio un oyente de las hazañas del otro a transformarse en una posible víctima, porque su apellido es Klein (pequeño) que significa lo mismo en alemán que en idish.

Eso da pie a que emerja un evidente dejo de antisemitismo en el oscuro raciocinio del «fixer», que incorpora supuestas revelaciones sobre las voladuras de la AMIA y la Embajada de Israel, más conocimientos de primera mano acerca de la muerte del fiscal Alberto Nisman.

La obra fue escrita y ensayada en plena circulación de la Covid-19.

La obra fue escrita y ensayada en plena circulación de la Covid-19.

Es posible que algo de lo que dice sea cierto y de hecho reside en Miami desde aquel luctuoso verano de 2015, período que le dio tiempo para deshacerse de su primera esposa, fletada hacia tierras patrias, y emparejarse con una joven colombiana que lo hizo padre y le pide empanadas argentinas por teléfono.

El hombre lo sabe todo, estuvo en todo, dice haber presenciado situaciones inconfesables y su torrencial discurso -prepotente, zigzagueante, a veces infantil- le permite a Moreira divertir con giros demagógicos y movimientos de manos que vinculan la recordada «sanata» de Fidel Pintos con el histrionismo mediático de Jorge Asís.

Solo que todo es más oscuro, más canallesco, en un juego dramático que el director Daniel Marcove maneja sin derrapar en lo inverosímil y que evidencia la voluntad de Diament -periodista destacado desde los 60, dramaturgo elogiado después- de observar la realidad argentina a la distancia y tratar de dilucidarla.

La pieza ubica al personaje de Dumont como un argentino medio, medido, acaso temeroso, víctima de su natural curiosidad periodística ante el enfático soliloquio virtual de su antagonista y con eso la identificación de la platea es natural, aunque el «fixer» asegure que al argentino se lo reconoce en cualquier país, aunque no hable, por su natural petulancia e incluso «hasta por la manera de caminar».

El asunto es otra oportunidad para que Moreira reitere su enorme versatilidad en un personaje ambiguo, misterioso, cínico en su psicopatía, casi una criatura de pesadilla, una creación para tener en cuenta en caso en que se vuelvan a celebrar premios a la escena.

A su lado, Dumont es una dignísima apoyatura, un imprescindible secundario, sorprendido junto a la audiencia acerca del sujeto que tiene delante, alguien que en la realidad o en su más pura imaginación podría incurrir en los crímenes más abyectos, ya que su imperiosa necesidad es la de contarlos.

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