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Alguien llama a la puerta

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24 de Junio de 2011.

Calle San Martin casi Entre Ríos. Alguien llama a la puerta…dos disparos rompen la quietud de la noche. Un cuerpo cae al piso. El tiempo que no da tregua, el reloj que se detiene en la hora fatal.
Una puerta, una realidad diferente, superior o inferior: la luz y la oscuridad, la vida y la muerte, la ignorancia y la sabiduría, la culpa y el perdón, el cielo y el infierno… La puerta siempre nos anima al viaje, nos aventura al misterio y nos pone cara a cara con la muerte.
Desconozco qué estaba haciendo María Luz momentos antes de que el puño o nudillo de ese sujeto tocara la puerta. Me permito imaginarla sonriendo, pensando o en silencio, con la mirada perdida en algún punto.
Había un calvo con ojos llenos de cólera enfundado en harapos de verdugo. Un caminante nocturno que deambulaba por las veredas de la justicia obsoleta. Estaba decidido: llevaría el soplo del diablo y su viento negro a apagar definitivamente la Luz de María. Golpear, disparar y retirarse.
Hoy la visité en campo santo. Una placa plateada con su nombre grabado en imprenta mayúscula y dos años simbolizados por una estrella y una cruz. En un pequeño piso de cerámico hallé una marchita cala blanca. A mi izquierda había una mujer llorando y recitando en voz baja: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo. Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.” La extraña mujer estaba en cuclillas con los ojos cerrados y la palma de su mano derecha estaba apoyada sobre un nicho.
Al escucharla pensé en María Luz. Días antes traté de seguir sus pasos que indefectiblemente me condujeron a una abandonada cancha de hockey detrás del viejo edificio del Tiro Federal. Estacioné la moto y caminé hacia el medio de un predio donde crecen malezas y se alimentan animales. Por un momento pude verla al costado dando indicaciones a “sus gurisas”. Tenía una visera blanca, una musculosa con rayas horizontales en bordó y blanco, también un silbato que pendía de su cuello.
Hay humedad en el ambiente y el cielo gris irradia melancolía.
Por Ramiro Flores

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